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Celebración en Medina Azahara de su inclusión en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, acordada el 1 de julio de 2018 en Baréin.

Para comprender cómo las palabras construyen un imaginario basta con fijarse en la palabra patrimonio.

Patrimonio viene del latín patrimonium y designa los bienes heredados de los ascendientes. Es lo que nos viene dado. Uno no elige a sus padres.

Cuando la Unesco utiliza la misma palabra para hablar del Patrimonio mundial, lo define como «el legado que recibimos del pasado, que vivimos en el presente y que transmitiremos a las generaciones futuras».

Parece lo mismo, porque es la misma palabra.

Pero son dos conceptos distintos.

En el patrimonio personal se hereda de los ascendientes. No hay posibilidad de elección.

El patrimonio cultural, en cambio, es el patrimonio elegido. Y elegido desde el presente. Aquí uno sí elige a sus padres desde la ideología de su tiempo.

Así, una generación puede considerar patrimonio la herencia española en América y levantar estatuas para celebrarla. La siguiente puede derribarlas porque ya no reconoce esa herencia como propia.

De igual manera, una generación puede ver las fábricas, las minas y las máquinas como un horror metalúrgico, un asalto al paisaje.

En 1958, el Council for British Archaeology decidió patrocinar un manual de arqueología industrial ante la necesidad urgente de que los monumentos industriales más importantes fueran «recognised, listed, documented and, where possible, preserved»: reconocidos, catalogados, documentados y, cuando fuera posible, conservados. Un año después creó el primer Comité de Arqueología Industrial del mundo.

La palabra decisiva es recognised.

Reconocer parece consistir en descubrir algo que ya estaba allí. Pero allí estaban las fábricas, las minas y las máquinas. El patrimonio industrial, no.

La mirada del presente no reconoció una herencia.

La eligió.